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¡Una travesía épica de SUPFOIL Downwind: 300 kilómetros por la costa atlántica de Brasil!

Prepárense para sumergirse en la increíble aventura de Mizo y Pedro, quienes se embarcaron en un desafío monumental: recorrer la costa atlántica de Brasil, desde Fortaleza hasta Jericoacoara, en una expedición de SUPFOIL downwind que cubrió cerca de 300 kilómetros. Esta hazaña, documentada en el canal de YouTube «F-ONE», es un testimonio de resistencia, adaptabilidad y la pura alegría de cabalgar las olas.

La aventura, planeada para 3 o 4 días dependiendo de las condiciones, finalmente se extendió a 4 intensas jornadas, llenas de desafíos inesperados y momentos inolvidables.

Día 1: Un inicio prometedor (Fortaleza a Guajiru)

El viaje comenzó en Fortaleza con el objetivo de llegar a Guajiru, una distancia de 100 kilómetros. Mizo y Pedro esperaban completarla en unas 4 o 5 horas. A pesar de que Mizo se sentía cansado y con las piernas ardiendo por la falta de downwinders recientes, la emoción era palpable.

Para el despegue desde una zona plana, Mizo optó por usar el wing inicialmente, previendo desinflar después de unos 4 a 6 kilómetros cuando hubiera suficientes «bumps» para el foil. Pedro, por su parte, realizó toda la jornada con el wing. Este primer día ya demostró la versatilidad crucial del wing para la seguridad, especialmente para navegar con corrientes, swells impredecibles o incluso para ir contra el viento en ciertas bahías. Reinflar el wing para finalizar los últimos 10 km fue una jugada inteligente que facilitó la llegada.

Día 2: Superando obstáculos (60 km más de aventura)

El segundo día, partiendo de Guajiru, Mizo y Pedro sumaron otros 60 kilómetros a su travesía. Aunque había bastantes «bumps», el viento era racheado y con zonas sin viento, lo que exigió una navegación estratégica. Mizo decidió navegar unos 4 kilómetros mar adentro antes de desinflar para asegurar una línea recta hacia su destino.

Un detalle fundamental que resalta la importancia de ir acompañado fue el apoyo de Pedro: una vez que Mizo desinfló su wing, Pedro llevó su mochila, aligerando considerablemente la carga de Mizo y permitiéndole «pedalear» mucho más cómodo para perseguir los «bumps».

Este día también trajo un contratiempo inesperado: Mizo rompió su remo. Sin embargo, la experiencia previa con el wing demostró ser invaluable. Al reinflar su wing, Mizo pudo completar los últimos 20 kilómetros de la etapa, una decisión que calificó como «la más inteligente». Al final del día, el cansancio acumulado les hizo buscar un merecido descanso con las piernas en alto.

Día 3: Lo desconocido y las trampas del mar

El tercer día se tomó con más calma, partiendo más tarde para coincidir con la marea alta, esencial para navegar en zonas muy poco profundas. Las condiciones prometían ser óptimas con luna llena, marea entrante y un viento que cambiaba de tierra a lateral, anticipando «muy buenos bumps». El viento soplaba «superfuerte».

Mizo, con un wing de 3 metros y su pedal sujeto, sentía la incertidumbre de una ruta nunca antes explorada, lo que generaba una mezcla de nerviosismo y emoción. Durante la travesía, se encontraron con zonas de pueblos de pescadores, lo que implicaba la presencia de trampas y redes de pesca. Afortunadamente, ese día solo hallaron algunas trampas de peces, sin redes. La navegación también se complicó por un gran banco de arena que formaba una especie de isla, dejándolos inseguros sobre el mejor punto para desembarcar. Afortunadamente, contaban con el apoyo de personas en tierra que los esperaban para guiarlos al lugar correcto.

Día 4: La recta final y el gran desafío de las algas

El último día, Mizo se despertó temprano, ansioso, preparándose para la etapa final de Guajiru a Jericoacoara. Pedro había trazado dos rutas, una de ellas mucho más alejada para evitar un banco de arena, extendiéndose unos 10 kilómetros adicionales. El equipo estaba listo: wings a punto de ser inflados y los foils Eagle 900X y 800X de Mizo preparados para lo que se preveía: vientos extremadamente fuertes.

El inicio del día fue un desafío en sí mismo. Con la marea baja, tuvieron que caminar por una laguna muy poco profunda, a través del barro y las dunas para finalmente alcanzar el océano.

Una vez en el agua, el viento era «apocalíptico», superando los 49 nudos, pero la velocidad de la travesía se vio drásticamente reducida por un obstáculo inesperado: las algas marinas. Mizo describe cómo tenían que detenerse cada 500 metros o 1 kilómetro (o incluso menos) para retirar las algas del foil, ya que estas impedían el planeo y el control de la dirección. Las algas fueron un verdadero lastre, mermando significativamente su velocidad promedio.

Sin embargo, tras superar un punto específico (después de Baja y antes de Priya), las algas desaparecieron. Mizo, al notarlo, desinfló su wing y pudo disfrutar plenamente del resto del trayecto, describiéndolo como «el momento de su vida».

La llegada a Jericoacoara estaba prevista para el atardecer. Los últimos 20 minutos de la travesía fueron, según Mizo, los mejores de todo el viaje: el swell se alineó perfectamente con el viento y la corriente, creando «bumps realmente grandes».

Un final triunfante y lleno de diversión

A pesar de los desafíos y la incertidumbre de una ruta nueva, Mizo y Pedro llegaron a Jericoacoara sin ningún problema, habiendo disfrutado de cada momento de esta audaz expedición. Esta travesía es un ejemplo brillante de cómo la preparación, la adaptabilidad y el trabajo en equipo son clave para transformar un gran reto en una experiencia inolvidable.

Como en una sinfonía bien orquestada, cada día presentó su propio movimiento, desde el «allegro» inicial hasta el «andante» de la navegación con algas, culminando en un «finale» majestuoso con los mejores «bumps». ¡Una verdadera aventura que resuena con la pasión por el océano y la libertad de la travesía!


¡Atentos al video!


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